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Quien elige hacer sus maletas y alzar la mirada a un nuevo horizonte.

Porque al final, uno se cansa de aguantar un corazón roto, llorar a escondidas, fingir que todo va bien y antes de que se nos lleve el viento el alma, hay que partir.

Hay veces en que dejarlo todo es la única opción. Lejos de ser un acto de cobardía o rendición.

Dejarlo todo no implica en absoluto olvidar cada cosa vivida o arrancar de raíz todas nuestras identidades, todos nuestros vínculos.

Se trata simplemente, de transformarnos, de integrar el pasado, el presente y el deseo de un futuro, en un mismo ser, en una entidad capaz de crearse a sí misma y no de recrearse en el sufrimiento, en el dolor, en aquello que como un castillo de arena al borde del océano, ya no se sostiene.

Dejarlo todo no implica en absoluto olvidar cada cosa vivida o arrancar de raíz todas nuestras identidades, todos nuestros vínculos.

Si no escalas la montaña más alta, jamás disfrutarás del paisaje”

De algún modo, todos nosotros hemos llegado o llegaremos a experimentar esta misma sensación. La de percibir que parte de lo que nos rodea ha perdido su significado… algo acaba de caducar.

Hay quien tiene la necesidad apremiante de experimentar cosas nuevas, en cambio otros, lo que notan es la imperante obligación de alejarse de lo que le envuelve. Por su salud física o emocional.

Sea como sea, el dejarlo todo no es fácil.

En nuestro equipaje nos acompaña el miedo y la incertidumbre y aunque la cabeza nos diga vete, el corazón se siente incapaz de cerrar esa maleta.

0dejarhatilloDejarlo todo también es un acto de supervivencia

Algo de lo que hemos hablado en numerosas ocasiones en nuestro espacio es que a nuestro cerebro no le agradan los cambios.

Un cambio supone riesgo y por tanto, un desafío a nuestra supervivencia. Sin embargo, hay un tipo de situación donde este arquitecto interno de emociones, instintos y comportamientos, nos da un toque de atención muy relevante.

Pongamos un ejemplo. Llevamos una época de estrés intenso.

Nuestro entorno demandante nos lleva al límite. E incluso nosotros mismos, lejos de gestionar esta presión, nos dejamos llevar en esta marea incesante.

Ahora bien, una mañana, a la hora de coger el metro para ir al trabajo, nuestros pies y nuestra mente cogen otro rumbo.

Empezamos a andar y andar, hasta que casi sin saber cómo, llegamos a las afueras del centro urbano, ahí donde solo habita la calma, el reposo, el equilibrio.

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Necesitábamos “escapar”. Nuestro instinto de supervivencia toma de pronto las riendas y nos ofrece aquello que más nos puede ayudar, distancia y silencio.

A nuestro cerebro no le agradan los cambios, pero hemos de tener en cuenta que hará lo posible para que sobrevivas y por tanto esa invitación a dejarlo todo se traduce en una necesidad de autocuidado que no podemos desoír.

El autocontrol mantenido a lo largo del tiempo puede llegar a destruirnos.

Vivir en situaciones opresivas provoca que tarde o temprano suceda lo antes descrito, nuestro cerebro da un golpe sobre la mesa para darnos a entender lo siguiente….

O hacemos un cambio o sencillamente lo perdemos todo.

Si tu vida, no es tu vida, busca tu verdadera vida

Si la existencia que llevas ahora no encaja con tus puzles internos, vete. Si eres un extraño en tu propia vida, sal a buscarte.

Si la realidad que te envuelve ahora está habitada por alfileres, vuela.

Tu salud física y emocional te lo agradecerán.

Ahora bien, el dejarlo todo es algo que solo nosotros mismos podemos decidir. Habrá quien tenga bastante con hacer pequeños cambios para hallar el bienestar. Sin embargo, en otras ocasiones, los cambios puntuales no bastan.

No alivian, no sanan, no reparan.

Necesitamos dar un paso más grande para dejar más distancia en esos mapas personales que antes nos definían.

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A la hora dejarlo todo hay que tener claro por qué lo hacemos y qué objetivo tenemos en mente.

Porque cuando una persona tiene un “para qué” podrá atravesar cualquier “cómo”. Si propicias un cambio lo haces efectivamente, para ser quien de verdad ansías, alguien feliz, alguien que lleva las riendas, alguien que se da una nueva oportunidad para ser feliz.

Cuando atravesamos estos temporales emocionales es necesario reflexionar y hablar con nosotros mismos. La mejor respuesta sobre lo que debes o no debes hacer está en tu interior.

Dejarlo todo no es ni mucho menos “escapar”, lo indicábamos al inicio. Por tanto, debes dejar muy claro a tu entorno por qué lo haces.

Autoafírmate en tus deseos y tus necesidades. Toma el pleno control de tus actos.

Nadie te va a asegurar que ese cambio vaya a salir bien, sin embargo, puede ser lo MEJOR de tu vida.

Así pues, debemos gestionar los miedos y las incertidumbres.

De qué manera?

Transformándolos en ilusiones.

Recuerda por último, que nuestro único propósito en esta vida es florecer.

Ahora bien, es necesario encontrar siempre los mejores lugares, porque no todos los escenarios son saludables para nutrir nuestras raíces.

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Un fuerte abrazo de Anabel & Carlos