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Mi abuelo era un gran hombre valiente, de alma humilde y mirada profunda y traviesa. Fue su inesperada muerte la que marcó en mi vida un antes y un después.

Siempre me enseñó a ser fuerte, a nunca rendirme y a luchar por todo lo que me hiciese feliz. Aunque tardé muchos años, al final puse en práctica sus sabios y grandes consejos. Gracias por enseñarme tanto y que pena que te hayas ido tan pronto y no poder seguir aprendiendo. Siempre fui la  “” Nieta de sus Ojos “”

En su piel curtida se contenían los años de trabajo, esfuerzo, lucha, coraje y persistencia de nunca rendirse ante ninguna adversidad que la vida le pusiera. Su mano siempre me pareció suave cuando me acompañaba al colegio, me agarraba en su colo, me acariciaba la carita de niña cuando me acostaba y rezaba conmigo. Son muchos los recuerdos que duermen en el refugio de mi corazón, en especial, sus sabios consejos de mi abuelo. 

Esos que evoco cada día.

Puede que nuestras generaciones fueran muy distintas.

Es posible que esos años en que nuestros abuelos construyeron los cimientos de sus vidas tuvieran otros vientos y otras voces ajenas a las nuestras. Nuestro presente lo marcan estímulos diferentes y nuevas modas.

Sin embargo, las esencias siguen siendo las mismas. De ahí, que su legado de sabiduría susurrado a través de largos paseos o al lado de un tazón de chocolate siga siendo igual de valioso.

Los abuelos conforman ese anclaje emocional y significativo al que siempre complace volver. Sabemos que nuestras madres y nuestros padres son todo un “ arsenal ” en cuanto a consejos y directrices que siempre agradecemos. Sin embargo, evocar aquellas conversaciones de antaño con nuestros abuelos es como abrir una puerta de aires sosegados donde siempre nos agrada regresar. Porque somos unos nostálgicos irremediables.

Tal vez sea porque ellos, no tenían la obligación explícita de “ educar ”, de poner reglas. Los abuelos acompañan y estimulan esos descubrimientos relajados a los que la mente de un niño siempre es tan receptiva. Todo ello explica por qué, aún viendo el mundo a través de los cristales de un adulto, ponemos el retrovisor mirando hacia las raíces de nuestra infancia.

 Te propongo reflexionar en una serie de consejos que mi abuelo me transmitió en algún momento.

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Uno de esos sabios consejos que me dejó mi abuelo es el de ser humilde de mente y corazón. El fue el mediador de muchas de nuestras peleas entre hermanos y amigos

Apagaron nuestras tensiones cuando nos enfadábamos con otros niños y con voz paciente, nos animaron a calmar nuestro ego en esos años en que todo nos parecía injusto.

Su voz paciente y sus oportunas palabras transformaban siempre los enfados en carcajadas. Solo entonces descubríamos que nos enojábamos por nada, y que la ira se apagaba casi por arte de magia cuando focalizábamos la atención en otra cosa.

Mi abuelo me enseñó que las peleas no resuelven los conflictos. Que creerse más que alguien es ser menos que nadie.

Nos hicieron ver además que ninguna persona es mejor que nosotros y que las injusticias empiezan siempre cuando dejamos a un lado la humildad para permitir que nos embista el viento del egoísmo.

Fueron muchas las tardes en las que, llevados de la mano de mi abuelo, descubrimos por primera vez los ciclos de la Tierra.

Paseamos por caminos cubiertos por hojas en otoño y nos adentramos en esos bosques donde el rocío matinal arrancaba a los helechos miles de destellos durante el invierno. Comprendimos que entre la siembra y la cosecha se necesitan lluvias, abonos y paciencia. Que los árboles viven más que los hombres y que aún así, lejos de venerarlos como dioses los talamos.

Mi abuelo me enseño a amar a los animales, a mirarlos sin alterar sus entornos y a comprender que este, es un mundo que no nos pertenece. La Tierra es solo un lugar de paso al que atender y respetar como un ser vivo.

Nadie llega a amar la lectura por imposición ajena. A un libro se llega por curiosidad, por placer, por imitación. Un consejo valioso que nos transmitieron nuestros abuelos es el de divertirnos en un océano de letras. El de soñar con los ojos abiertos sumergidos en las páginas de un libro.

Nos alentaron a dar la vuelta al mundo en 80 días, a conquistar islas misteriosas y alzarnos como héroes de reinos olvidados mediante globos y submarinos. Los libros fueron ese legado que nos descubrieron como quien deja una golosina en una mesa. Nos ofrecieron un refugio donde los adultos no molestaban, y en el cual, convertirnos en custodios de un mundo privado donde ser siempre Peter Pan.

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Puede que con nadie encontrarás mayor complicidad para ser yo misma, que con mi abuelo. Mientras nuestros padres nos animaban a “ ser mayores ” y a sentar la cabeza cuanto antes, por nuestra parte anhelábamos un regazo donde desahogar miedos, ansiedades y frustraciones.

Los adultos nos hicieron creer durante mucho tiempo que llorar es cosa de niños débiles. Mientras nosotros, sintiéndonos aún muy niños, conteníamos la rabia y las lágrimas por temor a ser sancionados. A ser objeto de burlas.

Sin embargo, con mi abuelo siempre obtenía el mejor consuelo.

Su “ no pasa nada, ya verás cómo el mundo brilla más ahora ” siempre ayudaba. Sabíamos que podíamos hacerlo, que podíamos llorar sin que nadie nos juzgara, y que tras dejar ir el llanto, las cosas tomaban otra perspectiva.

A sus ojos, éramos merecedores de todo aquello que deseáramos. Lejos de malcriarnos, lo que consiguió mi abuelo es conferirme aliento, autoconfianza y valor. Me puso magia en los bolsillos y un par de alas a la espalda para impulsarme. Para darme ese coraje enhebrado por un amor sincero que deja marca en el corazón e impronta en mi mente.

Quizá por ello, cuando en algún momento llegamos a un abismo en nuestras encrucijadas vitales, recordando los consejos de mi abuelo. Recordamos que tenemos alas. Que aunque nadie las vea están ahí, solo hace falta poner la mano en nuestros bolsillos para que la magia nos de aliento una vez más, para recordar que nada es imposible.

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Un fuerte abrazo de Anabel & Carlos.